Testimonio de una despedida

 

El texto de mi amiga Adriana es para aquellas personas que perdieron un ente querido y por un infortunio no pudieron despedirse o simplemente tienen la curiosidad de saber si existe vida después de la muerte. Fue una experiencia personal a través de un sueño en el que se reencontró con su madre desencarnada y que con alegría me relató. Una experiencia única y emocionante.

 Mi nombre es Adriana, tengo 44 años, estoy casada, tengo una hija con 8 años y me gustaría compartir con todos la experiencia más bonita que he tenido en esta vida.
Antes de contarlo necesito hacer un pequeño resumen de mis últimos años para que se pueda entender lo que ocurrió.

Yo vivo en Alemania ya hace 15 años, cuando salí de Brasil dejé mi madre allá. En aquella época no pensé que ella tendría problemas físicos en la vejez, buena parte como consecuencia de una parálisis infantil, y necesitaría de mí.
  

Pues bien, gracias a Dios tengo una tía y una prima que, a pesar de tener marido y dos hijos pequeños, cuidaron de mi madre cuánto pudieron. Aún así llegó un momento en que les era imposible cuidar de ella y tuvo que ir a vivir a un geriátrico. Allá fue muy bien tratada, pero desde el año pasado cuando mi hermano falleció, cayó en depresión y simplemente se desanimó. Hasta que en Agosto de ese año tuvo una parada cardíaca repentina y en cuestión de 4 días, el día 27/08/2015, falleció.
 No tuve condiciones y ni tiempo suficiente para ir a Brasil.

 Soy una persona bendecida. Dios es muy bueno conmigo y me permitió varias veces, durante el sueño, “visitar” mis familiares desencarnados, tanto de mi familia espiritual como de la familia que me acogió aquí.Y fue así, durante el sueño, que pude despedirme de mi madre…

Llegué a la casa de mi tía, donde ella vivió los últimos años antes de ir para el geriátrico.   Mi tía me abrió la puerta y me recibió, muy triste, diciendo que yo había llegado tarde, que mí madre ya había fallecido. Aún así yo entré y fui a su cuarto. Ya en la puerta, la vi acostada en la cama, y le dije a mi tía:
“ella está aquí, no tiene ya el cuerpo físico, pero está aquí.”
Entrando en el cuarto pregunté:
“Hola madre, ¿como está usted?”
Ella me miró medio asustada y sorprendida, y yo continué:
“¿No le dije que no hay muerte? Usted aún existe, no tiene ya su cuerpo carnal, ¡pero está viva!”

Empecé a contarle sobre mis “visitas” al mundo espiritual, principalmente sobre las visitas a mi hermano, a explicarle a donde vamos cuando desencarnamos, lo que hacemos del “otro lado”… no me acuerdo completamente lo que hablé, solamente retengo pedazos sueltos de la conversación, que juntos corresponden al conocimiento que tenemos cuando estamos encarnados. Al fin y al cabo, existen muchas cosas que no nos es permitido saber conscientemente… Finalmente le pedí que confiara en la bondad Divina y en aquello que yo había hablado con ella.
Entonces respondió
“Yo medio que no estaba queriendo irme, pero si tu me dices que es así, entonces yo me iré.”

Yo le pregunté como era estar “corporalmente muerta”, si ella sentía hambre o ganas de ir al cuarto de baño, ella me respondió que sí, y que inclusive tenía que ir en aquel momento. Entonces se levantó de la cama y salió andando, como si nunca hubiera tenido una deficiencia física y no hubiera necesitado de una silla de ruedas en los últimos tiempos. Cuando volvió, me preguntó lo que ella tenía que hacer para “irse”.
Yo le respondí:
“Rezar madre, usted tiene que pedir a Dios que los espíritus vengan a buscarla, pues su lugar no es más aquí. Acuéstese, usted necesita dormir para que funcione, vamos a orar juntas”.

Ella se acostó y comenzamos a orar juntas, comencé a agradecer a Dios las bendiciones concedidas cuando de pronto paró de rezar, me miró y preguntó:
“¿pero si yo morí, que estás haciendo tu aquí?”
Y yo le conteste:
“Dios es muy bueno conmigo, él me permitió venir a despedirme de usted” (lo que de hecho era una cosa que yo siempre le decía, que aquella que muriera primero vendría a despedirse de la otra).

Ella recostó la cabeza sobre mis pernas y yo me acuerdo que se me hizo un nudo en la garganta, pero“me lo tragué”. Deseaba quedarme con ella… entonces comenzamos a rezar. Yo acariciaba su rostro, su pelo… fue una sensación única, sentir su cara en mis manos…
¡Como la hecho de menos!
Apenas empezamos a rezar, mi familia comenzó a andar de un lado a otro haciendo mucho ruido. Mi madre ya se había dormido y yo me levanté y salí de la habitación pidiéndoles que no hiciesen ruido, porque ella necesitaba dormir para que los espíritus pudiesen venir a buscarla.

 Miré hacia arriba, y vi una lámpara (que no existe en la casa), en esa lámpara estaba juntándose una substancia blanca, que parecía algodón de azúcar, y cuando se acumulaba una determinada cantidad, “explotaba” liberando luces, luces tranquilizadoras que no irritaban los ojos.

 Mi tía no observaba nada y salió de la casa. Mi prima ya había salido antes con los niños, pero el marido de ella se quedó porque él también veía “algodón de azúcar”.
Volví al cuarto y la vi acostada en la cama, durmiendo, su piel estaba cubierta por una película de luz, que se desprendía del cuerpo, se transformaba en “algodón de azúcar” y explotaba en luces. Acaricié una vez más su cara, ella abrió los ojos. Miró hacia arriba, yo también miré y vi el cielo todo estrellado, fijé la vista en sus ojos y le dije:
“mire madre, cuantas estrellas van acompañarla e iluminar su camino!”

De pronto la habitación se estremeció, ella me miró medio asustada porque comenzó a salir agua de la pared, detrás de su cama, limpíssima y cristalina. Yo salí, fui hasta el frente de la casa, donde encontré mi tía. Le dije que estaba entrando agua en la casa, pero cuando miré el muro, el agua había empujado un ladrillo y empezó chorrear por allí. Volví al cuarto y mi madre no estaba.

 Creo que la agua simbolizó los espíritus que vinieron buscarla, porque el cuarto estaba seco.

¡Fue la experiencia más bella e inolvidable de mi vida, la despedida de mi madre!

 

Fuente: Adriana Sachs Vogel

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